miércoles, 3 de octubre de 2012

Huevos Chimbos, exótico dulce zuliano


El huevo, alimento tradicional en todo el mundo y utilizado en infinidad de recetas para desayunos, almuerzos, cenas e ingrediente primordial en postres, especialmente tortas, también tiene su protagonismo individual en la tierra del sol amada.

La dulcería regional tiene entre sus platos más exóticos, un dulce de exquisito sabor, de preparación minuciosa pero sencilla que fue bautizado con el nombre de Huevos Chimbos, dado que para muchos, que no asociaban que el huevo pudiera convertirse en dulce, denigraban del mismo, por esa razón el término chimbo, que significa falso.

Lo cierto es que no hay nada de chimbo en la realidad, porque para la preparación de este manjar, que en épocas de nuestros antecesores era mucho más común que en la actualidad, se utilizan huevos de gallina.

Este característico dulce se vendía y aun se consigue, en frascos medianos de vidrio, en los que viene originariamente la mayonesa.

Voy a relatarle la manera como usted puede hacer sus huevos chimbos, no importando el lugar donde viva, ya que los ingredientes los consigue en cualquier parte.

Necesitará de cinco huevos frescos, si es posible de los que aun no han sido refrigerados, un kilogramo de azúcar, esencia de vainilla, agua y ron o brandy.

También tendrá que poner a prueba la creatividad de algún herrero que haga trabajos en aluminio para que le fabrique una chimbera.

¿Qué es una chimbera?

Un utensilio ingenioso, que copia la forma de una cáscara de huevo cortada por la mitad, a la que le agregamos unas pequeñas patas de unos cinco centímetros de alto.

Las hay individuales y hay quienes las fabrican que contienen hasta quince excavaciones.

También puede poner a prueba su creatividad, improvisando algún recipiente que le sirva para los mismos fines, como por ejemplo, un cucharón para servir sopa, la propia cáscara del huevo, una taza de aluminio pequeña, etc. Al final la idea es que cuando usted haga el dulce, este tenga forma de huevo aplastado en las puntas.

Usted toma los huevos y les extrae las claras en su totalidad, dejando solo las yemas o amarillos, las cuales coloca en un recipiente y bate continuamente hasta que adquieran consistencia.

Mientras bate sus yemas de huevos, coloca en la cocina una olla con agua a hervir que le servirá para el baño de María.

Unte la chimbera o lo que utilizará como tal con miel y coloque allí porciones de la yema batida, la cual pasará por baño de María, permaneciendo allí por unos diez o quince minutos, tiempo en el cual el huevo saldrá cocido.

En otra olla con mucho agua vierta el azúcar y cuando esté hirviendo, introduzca los huevos cocidos, dejándolos a fuego moderado por el tiempo necesario hasta que la mezcla del agua y el azúcar espese y se convierta en almíbar o miel.

Seguidamente baje estos y les agrega la vainilla.

Envase en los frascos poniendo mucho cuidado que los chimbos no se le rompan y agréguele una copita de ron o brandy, que equivale aproximadamente a una cucharada.

Déjelos a temperatura ambiente hasta que estén bien fríos y después si lo desea metalos en la nevera.

Cuando se los coma, aunque su sabor no le parezca el del huevo, no se preocupe, usted ha constatado que no son falsos, aunque sean llamados huevos chimbos.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La Reina Hallaca

La Hallaca es la reina de la mesa decembrina venezolana.
Su historia es una mezcla de leyenda y tradición.
Sus raíces tienen su nacimiento en la colonia.
Se dice que los indios y negros esclavos subyugados al trabajo agotador del campo, recogían los desechos y las sobras de la comida de sus amos y las compartían entre los perros y ellos, con la diferencia que la de su consumo, era reciclada artesanalmente y convertida en relleno de sus bollos de maíz pilado, alimento común y cotidiano, envueltos en hojas de plátano.
Los sabores de la cocina española, negra e india, terminaron mezclándose y creando un delicioso manjar que con los años saltó de la mesa del esclavo a la del amo, depurándose y bifurcándose, según las costumbres de cada región, pero manteniendo su esencia fundamental y sus ingredientes básicos.
La palabra con el que se designa esta obra maestra de la cocina proviene del guaraní y es un derivado de la palabra “ayúa” o “ayuar” que significa mezclar o revolver, de estas palabras existe la presunción que “ayuaca” sea una cosa mezclada, que por deformación lingüística pasó a llamarse “ayaca” y el mestizaje terminó agregándole la h, y convirtiendo la y en una doble l.
Hacer hallacas, para cualquier familia venezolana, es una satisfacción que rebasa los limites de la gastronomía para convertirse en el cordón umbilical de generaciones que han legado los conocimientos y han dejado para cada quien la sazón personal que identifica a quien la prepara.
Los ingredientes son muchos y paradójicamente el orden con el cual se preparan debe ser el preciso o el producto final no tendrá el sabor requerido.
Muy temprano en la mañana hay que ir al mercado para que lo que se compre tenga la frescura necesaria, por lo general en época decembrina estos mercados abren sus puertas mas temprano y cierran mas tarde, ya que el flujo de personas en ocasiones se cuadriplica en relación a otros meses.
Lo primero que hacemos es buscar lo que tiene que ver con carnes, porque aquí aplicamos el refrán que dice, que quien madruga agua clara recoge.
El cochino, puerco, cerdo o marrano, es un ingrediente insustituible en la preparación del guiso, aunque como en esto de los gustos todo es valido, hay quien no lo utiliza, pero nosotros seremos de los valientes que desafían al colesterol y tomando en cuenta que haremos unos cincuenta hallacas, compraremos un kilo y medio de pernil, preferiblemente sin hueso y con poca grasa ya que para eso también llevaremos medio kilo de tocino y cerraremos nuestro paso por la carnicería con dos kilos de carne de res, también sin hueso y con poca grasa, de la que acá comúnmente se llama lomito, ya que es la mas blanda de todas.
Para completar la parte dura del guiso igualmente vamos a comprar una gallina de aproximadamente dos kilos y medio o tres, preferiblemente viva, aunque igualmente sirve ya beneficiada o muerta.
Como estas aves son más costosas que el pollo y este último es de carne mas blanda, muchos prefieren al segundo, igualmente compramos una docena de huevos.
Pasamos entonces a la feria de verduras y hortalizas, la mayoría cosechadas y traídas frescas de los andes venezolanos, y asombrados por los precios, algo común en estas latitudes cuando llegan los últimos meses, agregamos a nuestra compra, dos kilos de cebollas, medio kilo de ajo porro, trescientos gramos de cebollín de hojas finas, dos kilos de pimentones rojos, unos doscientos gramos de ají dulce y unos ocho ajos grandes, si son merideños mucho mejor.
Pasamos a los mesones de los turcos o árabes, ya que estos inmigrantes han conseguido en nuestros mercados ser los mejores surtidos en los rubros de condimentos y especias.
Allí entre palabras incomprensibles por la mezcla de idiomas compramos pimienta, onoto en semillas, un kilo de pasas, otros sustituyen estas por ciruelas pasas, medio kilo de aceitunas, la mayoría las prefieren rellenas y setecientos gramos de alcaparras.
Todo este arsenal sin lugar a dudas no puede ser cargado por una sola persona, por lo que las compras se efectúan en familia, tocándole cargar lo mas pesado a los integrantes del sexo masculino.
Cansados pero emocionados al imaginarnos el gusto del manjar, vamos al expendio de víveres donde compramos cuatro paquetes de un kilo de harina precocida, un frasco pequeño de mostaza, un litro de aceite, un paquete de sal, una botella de vino dulce, un frasco mediano de salsa para carne, comercializada por acá con el nombre de 57, varios concentrados de caldo de gallina, llamado por estos lares “cubitos”, un frasco grande de encurtidos en mostaza y unas gaseosas para calmar la sed del momento y poder aclarar la garganta.
Nos toca aun una parada final, que corrobora eso de que los últimos serán los primeros, ya que tenemos que liarnos con el vendedor de las hojas de plátano, quien se aprovecha de los ingenuos al venderles a un precio mas bajo hojas sin procesar, o sea aquellas que no han sido pasadas por calor, ya que de esta manera ellas toman un color brillante y cierta flexibilidad que evita que se rompan.
La cantidad aproximada está sujeta a la manera como se consigan, podríamos hablar de dos paquetes de hojas enteras.
Normalmente en el mismo lugar encontramos los rollos de pabilo, que nos van a servir para el amarre. Compramos dos que tengan un tamaño regular.
Con todo este cargamento nos vamos a casa, exhaustos pero felices.
Mientras unos pasan el día en sus tareas habituales para reincorporarse ya comenzada la noche, después de cenar, a emprender el segundo capitulo del viaje maravilloso llamado hallaca, otros deben cortar las verduras y hortalizas.
En una tabla de madera se cortan en cuadritos pequeños la cebolla, el pimentón, dejando un medio kilo de la primera y un kilo del segundo para el adorno, el ajo porro, el cebollin, el ají dulce y la mitad de las aceitunas.
Cada porción de todo lo picado se va colocando en recipientes diferentes
Con lágrimas aun de cebolla en nuestros ojos, tomamos el frasco de encurtido y colocamos su contenido en un envase para ser picado en trozos más pequeños, igualmente las alcaparras.
En un envase de vidrio o plástico, preferiblemente del primero, reunimos todo lo picado anteriormente, le agregamos la mitad de las pasas, el frasco de salsa 57, la mostaza, una taza de aceite y otra de vino y con una paleta de madera, revolvemos todo para que la mezcle sea uniforme, impregnándonos del rico aroma del cielo que emana de esta preparación y la colocamos en la nevera.
Como han notado para hacer hallacas vamos a necesitar diferentes utensilios de cocina tradicionales como: cuchillos bien afilados, sartenes o calderos, ollas, una buena tabla para picar, paletas de madera, colador, varios envases de diferentes tamaños, un mortero de madera para machacar ajos y la criollita paila, que tiene forma de wok pero es fabricada con hierro colado, esta debe ser lo suficientemente grande para cocinar el guiso.
Llegada la noche y agotados pero recargados por las energías de nuestros antecesores, sacamos la carne de cochino, res y el tocino y en una buena tabla, preferiblemente de madera, las cortamos en dados pequeños, mientras que la gallina o el pollo, la ponemos a hervir en agua caliente. Haciendo la salvedad que si esta ha sido comprada viva, en el transcurso del día ya ha sido sacrificada y desplumada.
Mientras el ave se enfría, en la paila colocamos la carne de cochino con bastante agua y la ponemos a cocinar para que se ablande
Entre bromas, cuentos y algún refresco o trago de vino, atacamos al ave que ya está a una temperatura manejable, quitamos la piel, desechamos el cuello y las alas y los guardamos en el refrigerador para alguna sopa dominguera, dividimos las partes y vamos desmenuzando la carne en hilos finos y pequeños.
Como esto es un trabajo en equipo, donde generalmente participa la familia y algún vecino o amigo, mientras unos ponen a punto el ave, otro toma los ajos y los machaca en el mortero, agregándole sal y pimienta, por lo que se va formando una masa negra, que después vamos a afinar con una piedra para que la pimienta quede bien pulverizada.
De esta manera fabricamos nuestros “cubitos” de pimienta y ajo, que utilizaremos mas adelante.
Esperamos como una hora a fuego moderado que la carne de cochino vaya ablandándose y mientras tanto, en un sartén pequeño echamos aceite y las semillas de onoto.
Lo ponemos a fuego lento para que el aceite vaya enrojeciéndose, moviendo el sartén a ritmo pausado para que las semillas no se quemen y cuando lo creamos conveniente tomamos este y se lo vertemos al cochino, previamente colado para desechar las semillas, junto con la carne de res, una media taza de aceite y parte del tocino.
Ya la abuela, ha tomado posesión de la cocina porque se inicia la preparación del guiso, alma del sabor de la hallaca, y va tomando durante noventa minutos, revolviendo cada diez con una paleta de madera, alternativamente, la mezcla que habíamos preparado con las verduras que estaba en la nevera en un recipiente de vidrio, el vino, el resto del tocino, los cubitos de ajo, y los de caldo de gallina y va mezclándolos, para que los sabores se junten y conjuguen conformando un sabor único que termina siendo un balance entre salado y dulce.
A cuarenta minutos de que la cocción del guiso se esté realizando, se extrae un aproximado de un litro del caldo de este y se coloca en una olla pequeña para ser utilizado después en la preparación de la masa.
El gusto determinará los niveles de sal.
Veinte minutos después de retirar el caldo, cuando el guiso vaya secándose agregamos la carne de gallina o pollo ya desmenuzada y cinco minutos antes el resto de las pasas.
Terminada la cocción del guiso este se deja enfriar, mientras que se realiza en el fregadero o lavaplatos la limpieza de todo lo usado.
No hay quien desaprovecha la oportunidad para jugar una partida de cartas o domino mientras tanto o algún vecino o amigo que observando lo ocupado que se encuentran la abuela y la madre, se valga de la ocasión para enamorar a las jóvenes.
Ya suficientemente frío el guiso en la paila, se toma esta y como todo un ritual egipcio se lleva hasta la nevera donde permanecerá hasta la siguiente noche, bajo el cuidado celoso de la abuela para que los pequeños no se lo vayan comiendo.
Dando final al primer interminable y agotador día de esta aventura gastronómica.
Al siguiente en la mañana, normalmente día sábado, todos nos levantamos cansados, menos la abuela que desde temprano, como trompeta de ejército ha ido despertándonos.
Es el día “D” ya que si hacemos todo lo previsto para la cena estaremos degustando de las hallacas familiares con las que hemos crecido y se han hecho ancianas nuestras familias.
Después del desayuno y un cafecito, toca el turno a la preparación del envoltorio y al picado del adorno.

Con un cuchillo puntiagudo, las hojas de plátano, se separan del tallo central llamado nervio y se cortan en medidas aproximadas de 30x30 cms unas, 20x20 cms otras y 15x20 cms las restantes.
Luego se lavan cuidadosamente haciéndolo de la parte interior, donde se encontraba el tallo hacia afuera, para que no se rompan y con un trapo absorbente se van secando.
Mientras tanto colocamos los huevos a cocinar, para luego de quitarles las cáscaras picarlos en ruedas con un cuchillo o con un aparatico ingenioso que han inventado que las deja extraordinariamente parejas.
Los pimentones rojos que han quedado los picamos en julianas y las cebollas en aros.
El resto del adorno lo conformarán las aceitunas enteras y las rodajas de huevo.
Al igual que el día anterior, cada cosa la colocamos en envases individuales, la metemos en la nevera para que acompañe al guiso hasta media tarde, menos las hojas que irán secándose a temperatura ambiente sobre la mesa o mesón destinado para la preparación final.
Al caldo que retiramos del guiso le agregamos dos “cubitos” de caldo de pollo o gallina y agua y lo colocamos a fuego lento en la cocina hasta que hierva por unos cinco minutos y lo dejamos enfriar hasta la tarde.
Igualmente repetimos la operación con el aceite y el onoto que habíamos hecho para el guiso, colándolo y dejándolo enfriar igualmente hasta que la preparación de la masa se efectúe.
De seguro ya los vecinos nos han comentado lo rico de los olores que emanan de nuestra cocina y más de uno, como es costumbre, ha pedido que le regalemos una cuando la terminemos.
Necesitamos un descanso urgente antes de emprender la fase final y los hombres vemos algún programa deportivo mientras las mujeres, todas unas guerreras en esto del hogar, hacen sus tareas de limpieza.
Ya hecho digestión el almuerzo, se comienzan a acomodar las cosas en el mesón escogido o en la mesa.
La paila con el guiso va al centro y frente a este los ingredientes del adorno.
Mientras tanto, la preparación de la masa se va haciendo.
Se vierte la harina de maíz en una batea de madera o en un envase bastante grande y se le agrega el agua del caldo, el aceite con onoto y sal al gusto.
Se va amasando hasta obtener una masa suave.
Si hiciera falta un poco más de agua o algo de aceite se le agrega.
Como en toda una fábrica casera, la madre toma una hoja ya picada de las más grandes,

la engrasa con los dedos con aceite y coloca allí en el centro de esta una bolita de masa la cual va estirando y adelgazando con los dedos formando una circunferencia algo simétrica, el modernismo ha desarrollado de manera casi artesanal unos aplastadores que ahorran este proceso, seguidamente esta es pasada a manos de la abuela que le coloca el guiso y sobre este armoniosamente los adornos.
Luego dobla por la parte ancha de la hoja creando un pliegue hasta que quede cerrado y seguidamente dobla los extremos hacia adentro, quedando encerrado el guiso dentro de la masa, en forma rectangular envolviéndola con la hoja más pequeña.
El siguiente paso lo harán los jóvenes previamente enseñados, esto es amarrar con pabilo la hallaca.
Y aunque parezca lo más sencillo también esto representa un arte.
Hay que cortar las tiras largas, calcular el centro y pasar por la parte mas larga hasta reencontrarse ambos extremos, los cuales pasaran hacia lo ancho, volverán a lo largo y culminaran en lo ancho nuevamente, logrando dos pasadas en cada dirección, hay quienes incluso hacen tres.
Mientras todo esto va siguiendo un ritmo, en la cocina se han colocado dos ollas bastante grandes con agua en al cual se introducirán las hallacas, cuando el liquido se encuentre hirviendo, allí estarán por un espacio de cuarenta y cinco minutos.
Luego se sacarán y escurrirán hasta que se enfríen completamente para introducirlas en el congelador e ir comiendo paulatinamente en los próximos días

No sin antes, con toda medida protocolar al igual que el que fabrica vinos, darle la primera a la abuela para que constate que el sabor de la familia sigue vigente por generaciones.
Como es lógico imaginar, no nos dormiremos sin haber comido por lo menos cada uno, una de esas exquisiteces gastronómicas legadas por nuestros antecesores y fruto final del mestizaje del que orgullosamente nos vanagloriamos.
Cada vez que usted saque del congelador las hallacas debe calentarlas en agua hirviendo por veinte minutos y dejarlas escurrir para luego consumirlas
Como punto final quiero aclarar que la anterior receta es la de la familia pero que existen variantes personales y regionales con la misma base y algunos ingredientes extras, por ejemplo en los andes se le acostumbra agregar al adorno tomates, y al guiso garbanzos.
En el centro se endulza el guiso con papelón molido, y al adorno también se le agrega tocineta, cochino y pechuga de pollo en tiras. Otros le agregan papas y hay quienes incluso eliminan las carnes del guiso y la sustituyen por caraotas rojas o negras agregándole ají picante.
Hay para todas las ocasiones y gustos, usted puede tomar lo básico y crear su receta familiar de acuerdo a sus costumbres, por ejemplo, los asiáticos orientales que se han asimilado a las tradiciones de estas tierras han desarrollado sus hallacas de vegetales.
Cierro con una observación, junto con las hallacas la familia igualmente desarrolla una variante, después de hechas las hallacas toma el resto de la masa, el guiso y los adornos, los une y amasa y va separando en pequeñas bolas aplastadas, las cuales luego amarra y pone a hervir igual, creando lo que llamamos bollos, los cuales sin dudas, parecen ser las primeras “ayacas” de nuestros esclavos.

domingo, 8 de noviembre de 2009

El Perico Venezolano

Nada tiene que ver el loro o perico, el ave de verde plumaje del que toma el nombre este plato con el mismo. La única relación entre ambos podría ser que se prepara con huevos o que entre sus ingredientes se encuentra el color verde.
Lo cierto es que resulta tradicional, mayoritariamente en desayunos o cenas, para los habitantes de cualquier ciudad de la tierra de Bolívar, comerlo acompañado de Arepa o Pan.
Su preparación es sumamente sencilla y los ingredientes están a la mano para todas las familias, sin importar la clase social, tal vez de allí se deba su popularidad.
Se necesita un huevo o 2 para cada persona, dependiendo del apetito de la misma, pero la receta la basaré en 6 huevos, que en teoría servirán para 6 o menos comensales.
Además de los huevos, igualmente se necesitan 2 tomates medianos, 1 cebolla redonda y 4 ajíes dulces.
Tanto la cebolla, como los tomates y los ajíes, se cortan en trocitos pequeños, y en un sartén con aproximadamente 4 cucharadas de aceite y a fuego moderado se sofríen hasta que la cebolla se ponga tierna o transparente.
Mientras tanto se toman los huevos y se baten en un recipiente.
Luego se agregan a la sartén, se les pone sal al gusto y se van revolviendo con los demás ingredientes, hasta que el punto de cocción se encuentre al gusto de las personas que lo ingerirán. Así los huevos podrán quedar blandos, intermedios o duros.
En hogares humildes en ocasiones se obvia alguno de los ingredientes sin perder por esta razón el nombre de Perico y en Restaurantes mas sofisticados se prepara una variedad en la que se le agrega al aceite 2 cucharadas de mantequilla y a la preparación un chorrito de leche fría y una pizca de bicarbonato o polvo de hornear y se le eliminan los ajíes.
También hay variaciones y combinaciones personales en las que se agregan pimentón y carne o pollo mechado.
Lo cierto es que este perico que combina los colores blancos, rojo y verde y que no vuela, es un plato popular y sencillo, que podemos preparar sin tener conocimientos culinarios.

sábado, 2 de mayo de 2009

El Señor Tequeño

Existe un invitado que pocas veces falta a cualquier fiesta o reunión venezolana de cualquier clase social, este es el señor tequeño, el pasapalo venezolano por excelencia.
Tiene su génesis este a principios del siglo XX, en la población de Los Teques, de allí se deriva su nombre.
En esa época las familias de clase alta caraqueña acostumbraban veranear en sus casas situadas en esas latitudes y por supuesto en esos viajes iban acompañadas de sus cocineras y cocineros.
A alguno de esos chef improvisados un día se le ocurrió tomar la masa de harina, hecha a mano, que utilizaban para los pastelitos, en ese entonces y aun actualmente, un pasapalo made in Venezuela, y con ella enrollar un trozo de queso rectangular, al cual terminaron friéndolo y gustosos de esa combinación lo utilizaron como novedad, sirviéndolos junto con los pastelitos a sus patrones.
Nunca imaginó ese cocinero o cocinera que ese Frankestein culinario que había creado, con el tiempo se convertiría en el pasapalo obligado en la mesa venezolana.
Hacer tequeños resulta sencillo, tanto que cualquiera puede hacerlo, de allí su popularidad, aunque hacerlos ricos y buenos tiene sus secretos, los cuales voy a develarles acá.
Si desea estrenarse para halagar a sus invitados en una fiesta, voy a darles las porciones necesarias para hacer unos cien de esos deliciosos y coloniales pasapalos venezolanos.
Tome medio kilo de harina de trigo, preferiblemente leudante, ya no necesita hacer la harina casera de trigo porque ya vienen procesadas y listas para usar, colóquela en un recipiente y extiéndala en forma de corona, de manera que le quede una abertura en el centro, donde agregará doscientos cincuenta gramos de mantequilla, media cucharadita de sal y cinco de azúcar.
Vaya integrando con las manos todos los ingredientes que ha echado en el recipiente, recordando su época en el jardín de párvulos cuando jugaba con plastilina, el resultado de estos recuerdos infantiles le dará una mezcla arenosa y grumosa, a la que le añadirá dos huevos y progresivamente agua tibia, en la medida que requiera hasta formar una masa suave y elástica, que amasará hasta que esta no se pegue en el recipiente ni en las manos. Haga una bola y deje reposar a temperatura ambiente por una hora.
Mientras la masa reposa pique el queso en rectángulos de 7 x 2 cms o en el tamaño que desee, recuerde que el resultado final siempre será de una longitud y espesor mayor.
Este queso debe ser semi duro, blanco, no muy salado, que al derretirse no llegue a quedar liquido. Muchos fabricantes locales toman el queso ya picado previamente en rectángulos y lo congelan para que al freírse se mantenga uniforme.
En el tiempo que le sobra antes de cumplirse la hora, vaya acomodando el mesón, la tabla o el lugar donde pasará a la segunda fase de la creación de este pasapalo, igualmente puede tomar algunos minutos para refrescarse y llenar de aire sus pulmones.
Cumplido el intervalo antes mencionado, la masa ya se encuentra lista para que usted la estire por medio de un rodillo.
En cuantas partes la corta para estirarla queda a gusto suyo, todo dependerá de la fuerza que desee impregnar a la operación. Algunos la cortan en dos y tres pedazos.
Usted toma los pedazos y los va estirando uno a uno, en el lugar que ha escogido, al cual espolvoreará con un poquito de harina, con la ayuda del rodillo, cual remero en competencia, hasta que el espesor de la masa sea de aproximadamente medio centímetro.
Algunas amas de casa utilizan harina de hojaldre pero el sabor no es el mismo, así que preferiblemente siga los pasos arriba indicados, ya que si bien es cierto que se ahorrará el trabajo de estirar, los ingredientes varían.
Estirada la masa, como toda una buena ingeniera culinaria, usted la cortará en tiras uniformes, calculando que estas puedan cubrir perfectamente los rectángulos de queso que usted ha picado.
Como la masa queda elástica, usted procurará cubrir bien los palitos de queso, de manera que al enrollarla no le queden huecos, ya que el aceite caliente penetrará y derretirá el relleno.
Puede usted calentar el sartén o caldero con abundante aceite mientras prepara los pasapalos o hacerlo posteriormente que estén todos listos.
Se acostumbra acá, no freírlos hasta que el tiempo de servirlos sea poco, ya que de esa forma llegan a una temperatura templada a la boca de los comensales.
Usted puede guardarlos en la nevera o mantenerlos a temperatura ambiente si el lapso para freírlos no es demasiado largo.
Cuando llegue el momento de terminar de crear este Frankestein culinario venezolano, usted debe tener en cuenta que el aceite debe estar suficientemente caliente, ya que el tiempo que estos permanecerán en el sartén o caldero será aproximadamente de dos a cuatro minutos, hasta que estos se encuentren dorados.
Sáquelos y colóquelos sobre papel absorbente o sobre una cesta para que escurra los restos de aceite y deje enfriar por unos dos minutos antes de servirlos.
Como pasapalos se utilizan solos, pero como plato principal se acostumbra acompañarlo con diversos tipos de salsas, al gusto y preferencia del comensal, la más tradicional acá es la tártara o simplemente mayonesa.
Las combinaciones quedan a la imaginación y pericia del cocinero o la cocinera.
Hay variaciones diferentes que mantienen la misma masa pero cambian el relleno y utilizan algunos además de queso, jamón, otros salchichas y los más atrevidos incluso pollo o carne.
Existe una variación zuliana en la cual al queso le agregan jamón y plátano maduro frito y lo llaman tequeyoyo.
Queda para usted inventar, crear o mantener la esencia del mismo.
Cierro con dos comentarios.
Hay quienes duplican el tamaño original de estos pasapalos y como los hacen muy largos se les ha dado por llamar en estas tierras tequeñones y existe igualmente una expresión popular que asocia a las personas de baja estatura con el nombre de este pasapalo.